ritual de lo habitual
La adaptación a los nuevos sitios siempre me ha resultado bastante empática con los gatos. Existe ese período de prueba, en la que nada realmente te pertenece y un halo de leve desconfianza se mezcla con lo excitante de lo nuevo e inesperado que pueda suceder. Luego evidentemente todo acaba convergiendo a la tranquilidad y sosiego de la rutina, a reconocer los nuevos gestos de la mecánica diaria.
Me gustan mis mañanas, desperezarme con un vinilo de Sam Cooke, ir a por verduras al mercado mercat, comprar higiene embotellada en el schelecker, cocinar al mediodía en esa franja donde sólo cabe el aperitivo, los tes clandestinos en los dias de visita. El resto del día ya decae, pero eso es otra historia más aburrida. De todos modos, siempre quedan los días de asueto, con bodas gitanas en 20 metros, sumergirse por horas entre libros de mercadillo y las distorsiones nocturnas propias del bourbon.
Y es que un barrio dónde existe una calle llamada tarantana no puede ser mal sitio donde vivir.







